martes, 1 de septiembre de 2015

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El paisaje del techo es un portal a otra dimensión. Extiendo los brazos y no logro tocarlo. Acostada en el piso me siento envuelta en toda la habitación, segura de que no puedo caer aún más bajo. Cuando llega el miedo lo veo cruzar la puerta, lleva zapatillas verdes.

Y el sonido de la puerta trabando es conocido para los dos. El miedo es un hombre a quien no puedo verle el rostro y llega cada noche. La música se fue lejos y nos dejó solos. Siento la cerámica fría acariciar la piel de mi espalda y mis brazos. Cierro los ojos.

El miedo es un hombre con un paño suave. Sé lo que viene después.

Si afuera hay alguien despierto dejenme sola con él, porque es un viejo amigo que llega cansado a casa, sólo porque quiere verme.

El miedo apoya su paño suave sobre mis labios, luego vuelca agua en él. Sé que no puedo hacer nada ante eso, más que apretar los párpados y rogar en silencio.

Vivir es suplicar a este hombre que me ahogue de una vez porque ya va a salir el sol y no quiero despertar.

Él besa mi frente, susurra a mi oído y se va.


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