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domingo, 10 de mayo de 2015

De esta maternidad incomprendida

La primera vez que tuve que amamantar a mi hija en público fue una situación bosta. Por alguna razón me daba vergüenza y mucha incomodidad. Ella tenía dos semanas y mucha hambre. Me senté y tapé a mi bebé como si estuviéramos haciendo algo malo. Era incómodo así que después de un rato terminé sacandole la manta. 

Todavía me acuerdo la cara de asco que me puso una chica, que tendría unos 19 o 20 años (no muchos menos que yo, que en ese entonces contaba 22) me miró como si la ofendiera mi presencia. La ofendió mi accionar. La ofendió mi desnudez y el hambre de mi hija, que sólo se alimentaba de mi. La ofendió que mi hija no supiera entender que hay momentos íntimos que no debemos hacer públicos.

Me sentí realmente pésima en ese momento. 

Con el tiempo me volvió a pasar de nuevo. Nuevamente me tuve que sentar y darle teta a mi hija en una sala de espera. Nuevamente vi otra cara de asco. Esta vez de una chica más grande que iba acompañada de una amiga. Recuerdo el comentario: "Estas pendejas planeras, viven teniendo hijos uno atrás de otro y están en todos lados. Te llenan un bondi de pendejos y pelan teta donde quieren". 

El resto de las cosas que dijo las dejo a un lado, porque quiero resaltar sólo el asunto del amamantamiento.

" Es un momento íntimo, tuyo y de tu bebé". Si. Pero también es alimentar a tu hijo, saciar hambre y sed, calmar su ansiedad. Las tetas que tenemos no son un adorno sexual. ¿Por qué me tiene que dar vergüenza alimentar a mi hijo en público? ¿Por qué es tan grave mi desnudez para vos? 

Vergüenza... Una teta con leche para un bebé. No lo comprendo.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Ya son dos!

Hace mucho tiempo que tengo abandonado este blog. No es que lo vaya a dejar -por eso cada tanto paso un escobillón, para no olvidarme- sino que a veces el día me resulta corto.

¿y por qué? Porque tengo una mocosa linda para cuidar. Una mocosa que hoy cumple dos bellos años.

¡Feliz cumple, Lucy Elodia! O como todos te conocen acá: Pupita.

martes, 25 de junio de 2013

martes, 15 de enero de 2013

El mayor de mis cagazos

Cuando era chica y todavía no sabía limpiarme los mocos mi mayor cagazo era que me hagan algún tipo de sutura en alguna parte del cuerpo. La idea de que me pasara algo y tuvieran que coserme me generaba terror. El sólo hecho de imaginar una aguja pasar una y otra vez por capas de mi piel para unir dos partes de mí era lo peor que podía pasarme y andaba con cuidado antes de mandarme alguna cagada importante. Ese era mi mayor miedo, la peor pesadilla que podía atormentar mis noches.

Después de aquella tarde que mi hermano me tiró un pedazo de teja en la cabeza me di cuenta que no era tan grave. Resulta que si te dan un buen tejazo el golpe funciona de anestésico y practicamente no sentís nada. O bien sentís, pero lo peor ya ha pasado.

Tiempo después, como ya había superado el temor a las suturas me di cuenta que le tenía miedo a las operaciones, que es como una sutura pero por afuera y por adentro, sin oponer ningún tipo de resistencia, sin dar batalla. Vas, te acostás y te entregás a una persona que va a hurguetear adentro tuyo como si estuviera revisando un monedero, cortando piel, grasa, carne y después cosiendo, cosiendo, cosiendo.

Cuando me dijeron a los catorce años que me iban a operar de amigdalas y adenoides sufrí el peor mes de cagazo continuo imaginando todo tipo de situaciones donde sintiera dolor antes, durante o después de la operación. Pero cuando llegó el momento me di cuenta que lo bueno de una operación es que estás dopado, lo segundo es que en casos como el mío tenía que comer mucho helado (la contra es que dolía comer helado, pero no importaba ¡es helado!) y lo tercero es que no recordás nada, ni siquiera en donde pusieron las manos los doctores. Y ojos que no ven, pudor que no reacciona.

Después de eso viví muchos años tranquila, ya no temiéndole a suturas ni a operaciones sino a cosas vanales  como el kraken. Meterme en una pelopincho y nadar abajo del agua me daba cosita, pero no era algo demasiado incómodo porque jamás me gustó eso de andar semiempelotas por ahí, así que en lo posible esquivaba las pelopinchos. La vida era cómoda y agradable, lo peor ya había pasado y por alguna razón mi vieja se tomó eso de comer helado como algo que era permanente y yo estiré mi suerte todo lo que pude. La vida me daba días pacíficos y no había algo que me quitara el sueño.

Eso fue así hasta que llegó una Pupita con forma de maní en una ecografía.

La verdad les parecerá increíble pero tardé meses en reaccionar sobre un detalle inmensamente imposible de dejar pasar respecto a la criatura, un detalle que para cualquiera es obvio: El bebé tiene que salir algún día. La felicidad de saber que viene un hijo es enorme, pero también es enorme el cagazo al dolor que implicará que nazca. La Pupita iba a salir más tarde o más temprano y sin dudas iba a ser más jodido que una operación de amigdalas y nadie iba a dormirme en ese momento.

Ustedes, los que no son padres y leen este blog imaginen que una embarazada está despierta y completamente conciente de que tiene que afrontar que un pibe de tres kilos y pico y medio metro de estatura tiene que salir por ahí y no hay posibilidad de escapar de eso. Ahí estaba yo entonces, ese 10 de septiembre, sufriendo dolores que son indescriptibles, bancandome que mi vieja haya avisado a todos los conocidos, parientes, amigos, vecinos, almaceneros, kiosqueros, todos, y que todos vinieran a saludarme y preguntarme cómo estaba mientras yo apretaba manos y dientes y trataba de no mandar a cagar al mundo y a todos los hombres que en él habitan. Se sufre, muchachas. Se sufren las contracciones que es como un dolor menstrual multiplicado, se sufre cuando te toca un doctor que tiene que hacerte tacto y tiene dedos del tamaño de salchichas de viena, se sufre cuando empezás a ver doble, triple, cuando te tratan de boluda y te dicen que "todavía falta" y vos sabés que no falta un carajo, que el pibe va a salir, que el dolor es insoportable y sobre todo el cagazo, El Señor Cagazo padre de todos los cagazos porque parir un hijo para todos es lo más natural del mundo, pero para una que es primeriza y que está ahí aguantandose como el cuerpo está retorciendose solo no lo es. Parir a un hijo será natural para la humanidad entera pero para la mujer que va a parir es una situación de terrible miedo. Se sufre mucho y sobre todo se sufre si vas a parir a un hospital público y te tratan como si fueses un cacho de carne sin sentimientos.

Uno de los diálogos que recuerdo de aquella madrugada el 11 de septiembre, después de haber nacido Pupita y luego de casi nueve horas de trabajo de parto, en el momento en que estaban atendiendome a mi y mandando mano sin ningún tipo de consideración es:

Partera1
Uh... allá atrás sigue sangrando...

Partera 2
Bueno, hay que coser

Partera 1
Si pero no hay aguja *inserte nombre de aguja si usted sabe qué aguja sirve para "allá atrás"*

Partera 2
Igual hay que coser.

Recordar todo aquello es como vislumbrar una de las películas de Saw el Juego del Miedo.

Hace unos días estaba mirando The Walking Dead junto a mi hermano y mi cuñada. Estaban pasando una parte donde Lori tiene que parir al bebé en la prisión. Mientras estaba mirando esa escena mi cerebro me hizo cruzar las piernas y taparme los oídos muy fuerte - Por alguna razón siempre que veo algo que me horroriza me tapo los oídos, pero no cierro los ojos. Mi mente cree que cerrando el canal auditivo se sufre menos, vaya a saber por qué- y mi cuñada que aún no es madre me dice "Bueh! ¿Para tanto? Si es lo más normal del mundo parir un hijo. Antes no había hospitales ni clínicas y las mujeres no hacían tanto drama"

Creo que hay cosas que la gente termina descubriendo sola. Por mi parte digo: Lo natural no significa menos  sufrible. Si mañana fuera natural que una mutación genética nos haga a todos los seres humanos del mundo perder una oreja a los 45 años de edad en un periodo de una semana, no por eso sería menos doloroso.

Wirkerfraü

Supongo que algún día te va a tocar, y cuando empieces a gritar como una loca voy a decirte "tranquila, cuña, que es lo más normal del mundo. Vas a ver como me vas a mandar derechito a la mierda"

lunes, 17 de septiembre de 2012

Un año y un invierno

Algún día me vas a preguntar muchas cosas.

Hoy te pregunto yo ¿Te estoy haciendo feliz?

Vos respondés "¡Mamá! ¡La Papa!"

¡Chuick!



Feliz cumpleaños hija hermosa. Hija mía, mía y de todos los que te aman, desde este blog hasta la casa de tu madrina Doble. Desde el culo del mundo hasta plumas verdes. Te amo hija, te amo con todo mi corazón. Crecé rápido así tejemos juntas amigurumis, así empezamos a pelear por entrar al baño, por quien se come el caramelo de la cuchara cuando hagamos pochoclos. Y si podés no crezcas, seguí diciendome "mamamama la papa!" seguí dando besitos con ruido, seguí riendote como Billy de Las Sombrías Aventuras de Billy y Mandy.

Algún día vas a hacerme muchas preguntas, te diré todo. Pero sobre todo te mostraré este cuaderno.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Si de mi sangre haz de venir

Para mi la palabra "has" se ve estéticamente fea, pero "haz" tampoco convence del todo. 

Aunque no parezca ya se va acercando el festejo de los onomásticos de la pequeña Lucy Elodia, conocidísima por toda la comunidad blogger como Pupita, y ahora también en los valles wirkerfraulianos como "Titinita" (véase Titines*)

Les dejo entonces dos videos caseros donde pueden observar que la piba sabe bailar y meterse el dedo en la nariz, todo al mismo tiempo. Si uno quiere sacarse los mocos, mejor que sea con mucho ritmo.





Pueden omitir las risas, las malas palabras y por favor no confundan a mi madre conmigo. Yo no aparezco en el video.

Y como pueden observar ahí al costado de la cama está la caja de cerveza que le ha salvado la vida a mi hija en diferentes ocasiones.

Ya que estamos dejo esta foto donde se la puede ver con la doble de La Doble.



Tengo una duda. Pero la voy a desarrollar cuando ande con menos pachorra para escribir decentemente.

martes, 7 de agosto de 2012

Mirá vos como son las coincidencias

Paredes blancas. Abrí los ojos y estaba entre paredes blancas. Una mancha en el techo, color amarillo. Un camino de hormigas en los rincones, en varios, pero no son reales. En realidad son grietas en las paredes blancas, porque el vecino construyó hace poco muy pegado a esta habitación y parece que va a tirar todo a la mierda. 

Yo estoy triste.

Una coneja rosada, con una flor en la mano, tiene ojos marrones. Cuando la pequeña Lucy Elodia la vio sonrió con sus dos dientes. Los únicos que en casi once meses consiguió. Hizo ese gesto parecido a sorpresa. Tiene una sonrisa que contagia, como todos los bebés. Yo, que conozco a la madre de ella porque alguna vez estuve dentro de sí, sé que es esa sonrisa viene de algún lado donde había una muy parecida y también era hermosa. Casi todo lo que se ve es parecido, excepto los ojos. "Tienes los ojos de tu madre" decían siempre en un libro que me acompañó en mi infancia y parte de mi adolescencia. Mirá vos cómo son las coincidencias.

La coneja tiene una etiqueta con un dibujo de un osito marrón.

Un osito marrón.

....

Feliz cumpleaños. Te presento a nuestro hijo.

...

Un osito marrón. El osito marrón tiene la misma etiqueta. Mirá vos como son las coincidencias. 

Este es nuestro hijo. Es un osito marrón.

Esta es nuestra hija.

Nuestra hija tiene un osito marrón y una coneja rosada. 

Mirá vos como son las coincidencias.

domingo, 3 de junio de 2012

Confesiones (02)

Son como las siete de la mañana de un domingo de junio. Tengo a la Pupita al lado mío en la cama, todavía no amanece afuera.

Si no fuera por el cajón de cerveza que uso de mesita de luz mi hija estaría desparramada en el piso. La salvó mi capacidad cirujeril de conservar cacharros varios. Y mi vieja que lo quería sacar. O peor aún, lo quería vender. La seguridad de un hijo no tiene precio.